| Este accidente
cultural asomó su cabeza en el año 1999
de nuestro señor. En aquellos tiempos el Río
de la Plata hervía de sectas que dedicaban todo
su tiempo a transmitir su doctrina artística.
A pesar de sus esfuezos los
discípulos más benjamines, no terminaban
de asimilar la idea básica que el mestre proponía.
Fueron años difíciles que llegan a nuestros
días.
Los primeros pasos los dieron
en los pasillos del auditorio “Don Bosco”
y los segundos en la bañadera de Hugolopulus.
Luego emprenderían
su primer viaje a otra de las más importantes
contiendas artísticas que se realizaban en el
imperio. Esa metropoli que es Salto. Páramo obligado
de circos con monos boxeadores y prostitutas barbudas
que marcaron a fuego a quienes pudieron observarl@s.
Todavía arde.
A pesar de salir airosos de
ese “bautismo en tierras extranjeras” el
grupo se resintió, por lo cual muchos abandonaron
la secta, y muchos otros querían formar parte
de ella.
Así transcurrieron
las peregrinaciones por los centros de estudios de las
ciudades periféricas que se encontraban en franco
discenso con el poder supremo, y el centralismo.
El año 2001 es la fecha
clave para este séquito de Momo (maomeno). Deciden
prostituirse, y por ende ingresar a las bacanales del
populacho. A pesar de que en los dos primeros años
fueron bienvenidos, no hay mal que dure cien años
y no hay bien que dure tres. Si no preguntenle a La
Catalina (luchadores coetáneos heridos por la
espalda en la 3ra. cruzada). Pero volvamos a lo nuestro.
En el año 2003 aquellos benjamines de los que
veníamos hablando empezaron a ver algún
que otro dracma. Pero como se sabe que la guita corrompe
al ser humano, se sucedieron terribles existenciales
dracmas.
Al año siguiente la
vida les deparó un extraño encuentro con
los druidas del Bosque del Faro poseedores de la pócima
de la juventud, pero se cayeron todos adentro de la
marmita en medio de una orgía de rutina y quedaron
transformados en niños. Los distintos poblados
disfrutaron de su sinceridad e inocencia (perversamente
aparente), pero todo concluye al fin, todo tiene un
final.
Los siguientes dos años
sufrieron nuevamente las tempestades del río
ancho, y encontraron indiferencia y suspicacia donde
fueran. Y ese fue su alimento.
Acostumbrada nuestra secta
(si! nuestra) a caerse y levantarse cual gimnasia matinal.
En una más que sabia decisión (se sábia)
concluyeron que era tiempo de un retiro espiritual masivo
(ma’ si bo) pero hoy están aquí.
Estamos.
La historia nos absolverá,
o nos absorverá. De usted depende,
Maomeno
1999-2008
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